Fotografía: Sandra García Rey

Fernando Buide del Real (Santiago de Compostela, 1980)

Pico Sacro (2009)

 

Comenzamos esta cita nocturna desde lo alto del Pico Sacro, un lugar que os habitantes de Galicia y muchos de los peregrinos del Camino de Santiago conocen bien. El propio Buide describe: «Desde Santiago de Compostela puede divisarse la montaña del Pico Sacro, localizada a un par de decenas de kilómetros de la ciudad. Uno de los lugares gallegos donde más mitos y leyendas confluyen, su silueta se recorta abrupta e imponente sobre el suave paisaje del valle del río Ulla.»

 

Y apaciblemente comienza esta pieza, con la intrusión de elementos «disímiles en cuanto a textura, rítmica y melodía (aunque con un común origen modal)» que comienzan a inquietarse en el fondo. Esa gravitación se hace más densa y el fluír musical se detiene, dando una sensación de masa sólida coronada. Arpegios etéreos emprenden un nuevo caminar, a trompicones, dudoso, que termina abruptamente.

Fryderyk Chopin (1810-1849)

Nocturno Op. 15 nº1 (1833)

 

Fryderyk o Fréderique Chopin tiene poco más de 20 años cuando compone este trío de Nocturnos, opus 15, dedicados al compositor y director Ferdinand Hiller. El primero, en Fa mayor, es el cuarto nocturno que compone en su corta vida y sigue la estructura convencional ABA. Sólo que la parte B [con fuoco] contrasta de tal modo con ese inicio pastoral y bienhumorado –sólo apenas melancólico–, de la parte A que se dirían letras de alfabetos diferentes.

 

Recuperamos la compostura tras esa masa de sombra que sin duda asombra, y en sombrío Fa menor, y regresamos al tema A, idéntico, pero ya en tono casi confidencial, sotto voce. Como en un brote bipolar, la sección tormentosa ha desaparecido por completo, todo suena a idilio y el final se paladea como una delicia.

Ramón Otero Moreira

Vento Lisgairo (2015 - Estreno absoluto)

I. Serán

II. Noite

III. Rompente

 

Qué es lo lisgairo [o lizgairo]? En gallego se refiere a alguien de mente rápida, con ingenio, quien va de un lado a otro a la velocidad del viento.

 

En esta obra, Otero Moreira nos sugiere un viaje de la liviandad a la gravedad en tres movimientos, de un lado a otro del registro, empezando con una colección sencilla de notas que se va superponiendo, multiplicando, como una matrioshka de vientos, brisas, ciclones y vientos solares.

 

Ese Serán (tarde) comienza con un puntillismo casi geométrico que se diluye poco a poco. El propio compositor me sugiere una metáfora visual: esos remolinos de hojas caídas y el capricho de una suspendida de repente, como en ingravidez.

 

La Noite es pausada, de amplitud cósmica y huellas diminutas como de animales e insectos nocturnos y, según el propio Otero, «observando un árbol misterioso a la tenue luz de la luna» hasta la sorpresa que puede ser «un pájaro que vuela de repente hacia el cielo estrellado». Un nocturno en la clave del enigma, con arpegios que juegan al eco, a profundidades etéreas, paradójicas como el cosmos en sí: hondo pese a su apariencia diamantina.

 

Regresamos en Rompente a esos vectores de una geometría natural, vibrante, como fotones atrapados en la gravedad. Hay un momento que colapsa, como un agujero negro, y luego destellos, rayos quebrados, la ligereza punteando un cluster de tiniebla... Recordemos: lo lisgairo es lo que va de un lado a otro, tan pronto ágil como tremendo: así el universo profundo que conocemos, su luz visible de la que somos parte.

 

En esta espectacular pieza, Ramón Otero encuentra «reminiscencias del impresionismo de Debussy, del pensamiento formal de Ligeti, de las armonías de Takemitsu y tal vez de un espectralismo entendido de modo libre... Y mucho de David del Puerto». Tanto dedos lisgairos como mentes lisgairas son necesarias para atraparla y abarcarla.

 

Ramón Otero es autor de Nós [sobre versos de SOS de Manuel Antonio y una marina de Lugrís], Etopeas [sobre la figura de Maruxa Mallo] e Hidrotopías, estrenada en el marco de este mismo Festival RESIS, en la sala Nautilus del Aquarium de A Coruña.

Fryderyk Chopin (1810-1849)

Nocturno Op. 15 nº2 (1833)

Hay algo siempre interior y doméstico en Chopin, algo de porcelana, baldosa en ajedrezado, sol o crepúsculo a través de ventanales, cintas de raso. Sin embargo, la maravillosa melodía que despliega en este Nocturno nº 2 parece asomarse a un jardín con alas escamosas, lepidópteros, hojas de sauce oscilando en la brisa, una sensación que se acentúa en la sección central, en tonalidad más nostálgica, gracias al uso peculiar y contenido del ornato en un compositor –no olvidemos- aún postadolescente.

 

«En sus Nocturnos hay un resplandor de estrellas distantes», decía el crítico Louis Ehlert por un lado, aunque luego encuentra este Nocturno más elegante que los otros dos, y hasta se diría que mundano: lo marida con elementos tan poco interestelares [que sepamos] como el champán y las trufas.  

 

Está escrito en la tonalidad de Fa sostenido mayor y se considera una de las obras más hermosas entre su producción juvenil.

Fryderyk Chopin (1810-1849)

Nocturno Op. 15 nº3 (1833)

«Dejemos que lo adivinen por sí mismos». Así dijo, supuestamente, el joven Chopin ante los rumores de que este Nocturno se había compuesto bajo el influjo shakesperiano, tras asistir a una representación de Hamlet, y tras tachar el epígrafe «En el cementerio». No sabemos si se trata o no de una «magufada» o leyenda alrededor de este nocturno algo inusual, ya que no parece haber evidencias de la anécdota, que conoce varias versiones.

 

Lo cierto es que su atmósfera es más irreal [o «surreal», o «mística», le han caído todos estos adjetivos] y en ciertas partes más incómoda que sus hermanos nocturnos de opus 15, sobre todo la parte anterior al coral [con la notación interpretativa religioso], que ocupa la segunda parte de esta pieza, la parte B. La sección incómoda parece hacer restallar punzantes preguntas sin respuesta. Todo en esta pieza en Sol menor resuena con carácter insondable, como si se asomase a un abismo. Su estructura es binaria, y termina en una tercera de picardía que no reexpone la parte A. También choca el acompañamiento de la mano izquierda, sin arpegio. Hay un cierto ascetismo sin ornamento, más allá de alguna que otra modulación cromática.

 

Poco chopinesco? Tal vez. Pero por ese coral le perdonamos todo.

David del Puerto Jimeno ( Madrid, 1964)

Cuaderno para los niños (2006)

Duración: 20'

1. Rayo de sol en la ventana

2. Viaje con escalas

3. Mañana de invierno con patos salvajes

4. Aria y double

5. Welcome

6. Humores

7. Playtime for two

8. Tanz mit Carolin

9. ¡A dormir!

 

La delicadeza de un rayo de sol en la ventana. De poco más se sirve la fantasía. David del Puerto nos ofrece su escritura exquisita, su don para la melodía, el juego de ritmo y timbre, y el clic de lo inesperado a lo largo de 9 estampas donde intercala el lirismo y las escalas intrépidas más allá de la atmósfera [Viaje con escalas], ese vuelo verde y gris de patos salvajes [que en Oriente simbolizan el amor de la familia], lo misterioso [Welcome], lo colorido [en Humores], lo desconcertante del juego de perseguirse [en Playtime for two], el baile sincopado e infatigable [Tanz mit Carolin] y un A dormir! que enlaza con la languidez soñadora del rayo de sol en la ventana inicial, que ahora podría ser de luna.

 

Para cada estampa hay un niño a quien va  dedicada: «los hijos de mis amigos, mi sobrina, naturalmente mi propio hijo», en palabras del compositor. Es un cuaderno sobre niños o para niños [estudiantes jóvenes, más bien]? o quizás ambas cosas. El lenguaje cristalino y audaz de David del Puerto [Premio Nacional de Música en 2005] nos abre la puerta de la habitación de juegos, con una inventiva colorista, pura textura y caleidoscopio.

César Viana

Return of the Heracleidae (2013)

I. Dorian March

II. Threnos

III. Katienai

El contundente lenguaje del compositor e intérprete de shakuhachi César Viana suele llevarnos de viaje en el espaciotiempo. Ἐπιστροφὴ τῶν Ἡρακλειδῶν [Epistrophe ton Erakleidon, Retorno de los Heraclidas] es la leyenda griega sobre la invasión o migración doria llevada a cabo por los supuestos descendientes de Hércules, los Heraclidas, que conquistaron el Peloponeso. El ojo de Eurípides vio filón ahí para una tragedia y la dramatizó.

 

Viana comienza con una imponente masa sonora, la Marcha Doria o de los Dorios: situémonos, estamos hacia el 1200 a. de C., en ese reemplazo de cultura y dialectos de la Grecia más arcaica, micénica, por los que dominarán en la Grecia clásica. El segundo movimiento, con algo de gymnopédie de Satie, es un threnos, es decir, un lamento, tal vez por el sacrificio de Macaria, hija de Heracles (o Hércules, sí, el mismo de nuestro faro y su leyenda) para que venzan los atenienses. El lirismo de este pasaje acaba aplastado por el cluster sonoro del katienai, palabra griega que significa descenso, en referencia al movimiento de los dorios de norte a Sur [por eso se ha llamado invasión, si bien pudo ser una migración]. Este movimiento, Katienai, se caracteriza por el horror vacui, el ostinato, sin dejar un solo silencio por el que escabullirse de esa oleada cultural nueva.

 

Reminiscencias de una Grecia luminosa y potente, a punto de engendrar toda la cultura occidental de los tres mil años siguientes.

Miguel Bustamante Guerrero (1948)

Interludios I, II, III y IV

«Evocando a Ch. P. E. Bach»

Su seña de identidad, por sus orígenes bolivianos y mexicanos (es nieto de la pianista mexicana María Parrondo), él mismo revela que es «el picante»; será por eso que Miguel Bustamante nos salpimenta variadas y breves especias en forma de 4 interludios. El primero, brevísimo e inquietante, data de 2010 y nos pone en bandeja la pesantez del acorde inicial y sus armónicos sobre los que se apresuran granos de pimienta; todo termina deshojándose hasta un final abrupto.

 

El segundo interludio, de 2015, está dedicado al pianista Ricardo Descalzo. Trufado de silencios crujientes como granos de sal y melodías poliédricas e imposibles.

 

Dedicado a Nicolás, su nieto, el tercer interludio nos endulza con la cantinela de un juego infantil, a veces espolvoreada de onomatopeyas como cantos de cuco o timbres, hasta desembocar en un pasaje más discursivo y solemne antes de regresar a ese correteo infantil por pasillos, escaleras, árboles de jardín...

 

Carl Phillip Emmanuel Bach, hijo de Johann Sebastian, también compositor y maestro de clavicordio, es la figura evocada en el 4º y último interludio. Unas frases luminosas y casi impresionistas abren este interludio que finaliza en una espiral cortada casi de un tajo.

 

¿Será que a nuestro oído le satisface más que antes aquello que desasosiega, lo irresuelto, lo que condimenta su curiosidad?

Notas por: Estíbaliz Espinosa

Resis Festival A Coruña

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Imaxe por Xurxo Gómez-Chao

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